Respuesta a: Foro del Módulo 4

#3928
Xabi98
Participante

Buenos días a todxs,
Muchas gracias por el material aportado Ane. Respondiendo a la primera pregunta, se puede decir que no existe bajo el marco del capitalismo global un modelo universal de desarrollo, por mucho que la retórica neoliberal occidentalocéntrica trate de aupar su modelo como tal; de facto, podemos encontrar “alternativas” no sólo en los modelos capitalistas asiáticos de fuerte intervencionismo estatal (China), sino en la propia geografía europea como ejemplifican los modelos escandinavos. Aunque a fin de cuentas, todos los modelos de desarrollo actuales tienen algo en común o universal, son ramificaciones del capitalismo global financiarizado del que somos parte todo el planeta según el contexto geográfico y socio-cultural donde están inmersos. Evidentemente el término desarrollo en abstracto, no puede seguir la estela que ha dejado el reduccionismo utilitarista liberal a meramente postulados economicistas -cuando hablamos de desarrollo no sólo hay que englobar la producción y reproducción económica, sino también la sociocultural-; no obstante, hay que matizar que la esencia de este proceso reside en las bases estructurales materiales de este período es decir, en la producción económica que determina en última instancia el avance en los demás campos. Sin recursos, ya sean aportados a modo de filantropía (interesada habitualmente) por el Norte Global u obtenidos por los países del Sur Global en base a la competitividad desenfrenada del modus operandi actual, difícilmente hace viables los ambiciosos planes, proyectos, acciones y demás para hacer a África sustantivamente igual al resto de regiones globales.

Respondiendo de manera general a varias de las siguientes preguntas planteadas, la monetarización o acceso a recursos financieros/de capital por parte de las mujeres debe ser una condición sine qua non para hablar de independencia de las mujeres, el acceso de la mujer a los ciclos productivos del trabajo formal es imprescindible para ello. Sabemos que el mero hecho de entrar a las esfera del trabajo formal, no supone la independencia y emancipación completa de por sí de las féminas, puesto que gran parte de estas esferas laborales están masculinizadas por la supraestructura patriarcal que afecta a la propia infraestructura, es decir, a la remuneración u obtención de beneficios por parte de las mujeres; además, de tener que hacer frente a toda una opresión de raíz consuetudinaria que se manifiesta de forma cultural, moral y jurídica que lastra severamente su actividad productiva (doblemente, si le añadimos la responsabilidad reproductiva que se le designa por parte de la sociedad patriarcal). El hecho de su mera presencia en puestos laborales formales provoca la crisis identitaria y hace tambalear las antaño robustas bases superestructurales que designaban como indignas e incapaces a las mujeres de realizar labores masculinizadas por la división sexual del trabajo de siglos, claro esta, gracias a los avances tecnológicos, el aumento del conocimiento científico y la concienciación social que han permitido reducir la intensidad de la fuerza biológicamente necesaria y los prejuicios para muchas de estas labores adaptando e integrando a las mujeres más allá de la esfera reproductiva y labores agrícolas. Como ya se ha demostrado en África -también en Europa- últimamente, cada vez que las mujeres, trabajadorxs, naciones oprimidas, etc. ganan un espacio político, esto es, el poder de condicionamiento económico sobre la producción capitalista en un contexto regional-global y sociocultural determinado, el reaccionarismo no tarda en hacer presencia en sus diversas formas (feminicidios, acusaciones de brujería e inmoralidad, marginación, racismo, elitismo, etc.) tornándose más violento al verse desplazado bajo el juego de suma cero del régimen capitalista que antaño dominaba a costa de las mujeres. Las fuerzas desatadas por el capitalismo en las últimas décadas están aupando a las mujeres a un primer plano de la economía política, como el sujeto productivo más adaptado a los vaivenes de la fase actual del capitalismo frente a la rigidez de los esquemas de masculinidad clásica, por tanto, el acceso cada vez mayor a dichos recursos por parte de las mujeres poco a poco las va dotando de mayor independencia por su capacidad de condicionar las reglas del juego.