Respuesta a: Foro módulo 4

#4179
henar aginaga
Participante

¡Buenas!:

Personalmente, en los 5 años que llevo dedicada a la educación, he visto una evolución respecto a la participación y recepción de este tipo de charlas por parte del alumnado. Cuando llegué al colegio, hacía poco que se habían empezado a incluir este tipo de talleres y la acogida, por lo general, me parecía que era mejor que la de ahora. Poco a poco, hemos ido incluyendo talleres de distinta temática: empezamos con los de prevención de violencia de género, seguimos con la sexualidad y en los últimos años procuramos trabajar también la interculturalidad y la masculinidad. Sin embargo, la recepción cada vez es peor (aunque depende mucho del grupo).

Últimamente, debido a las reacciones hostiles de parte del alumnado al tratar temas relacionados con la igualdad, he intentado reflexionar sobre lo que está pasando. Me resulta curioso comprobar que mientras que hay algunos cursos con mucho interés en estos temas, con gente informada, que agradece estos talleres y que conoce la realidad diversa en la que vivimos, hay otros en los que se rechazan por completo estos talleres incluso antes de saber de qué van o antes de realizarlos. Estos cursos, además, suelen ser por lo general en los que más problemas tenemos por faltas de respeto entre iguales que se deben a diferentes razones: bien por comentarios o actitudes machistas, bien por actitudes homófobas o por faltas de respeto sistemáticas a distintos colectivos. Estos actos son perpetrados por un grupo pequeño de chicos a los que muchos otros podríamos decir que “ríen las gracias” y “aplauden”, aunque yo diría que no se sienten cómodos con ello. Por otro lado, a este “grupo de apoyo” se le unen a veces chicas y, además, mucha gente guarda silencio, aunque sean mayoría, a pesar de estar incómodos y molestos con sus actitudes.

Por propia experiencia, creo que en ocasiones es mejor que el alumnado no sepa con anterioridad sobre qué es el taller que van a realizar (o al menos que le pongamos un nombre que no puedan asociar con “feminismo”), ya que en el momento en el que se mencionan las “palabras clave” la actitud ya es de absoluto rechazo y eso provoca que no se impliquen en absolutamente nada de lo que se vaya a comentar porque comienzan desde el principio a la defensiva. Por otro lado, creo que debemos bajar el discurso de igualdad a la tierra. Lo que quiero decir es que tengo la impresión de que a veces asumimos que hoy por hoy todas las familias de personas jóvenes han inculcado valores de igualdad en casa. Sería lo lógico viendo que incluso, por poner ejemplos tontos, hasta mis padres o mis abuelos tienen algo más de conciencia porque simplemente la sociedad avanza. Sin embargo, lo cierto es que hay muchos más jóvenes de los que nos gustaría pensar que crecen en un entorno que se ha mantenido impermeable e inamovible a pesar de la agitación social que ha supuesto la lucha por la igualdad especialmente en los últimos años. Lógicamente, esto ha calado también en hijos e hijas (sobre todo en hijos diría yo) y seguramente en sus hogares habrá una respuesta hostil cuando alguno de ellos llegue hastiado a casa comentando que ya le han dado otra “charla de igualdad”. En este ambiente, la postura de rechazo desde el principio es habitual e, intervengan o no, siempre lo van a hacer desde una actitud escéptica y en absoluto escucharán lo que se les dice. Creo que una de las soluciones para ello es hacernos conscientes de que hay quienes necesitan, aunque nos cueste creerlo, una explicación mucho más básica y desglosada de lo que queremos decir.

Por ejemplo, recuerdo una conversación con alumnas de primero de bachillerato (que llevaban recibiendo talleres sobre distintas temáticas relacionadas con la igualdad desde primero de ESO), en la que ellas me decían que les parecía una chorrada decir que las elecciones profesionales las tomábamos condicionados por la sociedad, que ellas querían estudiar enfermería porque les gustara, y no porque la sociedad se lo impusiera porque no lo sentían así. Estuvimos casi dos horas de reloj reflexionando sobre ello. Al final entendí que el principal problema que tenían era que se sentían atacadas al entender que lo que se les decía era que ellas no tenían vocación de enfermeras, que habían sido “obligadas” a tomar esa decisión como si su opinión no contara. Creo que una vez conseguí entender lo que estaban percibiendo, logramos llegar a un entendimiento.

Esto creo que es lo que pasa en muchos casos con los jóvenes. No son capaces de llegar al fondo de lo que les queremos decir y se quedan en una superficie porque ya en ella lo que reciben es que queremos culpabilizarlos. Por eso decía antes que debemos bajar el discurso a la tierra, porque tenemos que ser conscientes de que hay quienes necesitan otro tipo de explicación, otro tipo de lenguaje. Al igual que cuando impartimos materia curricular atendemos a las diversas necesidad de nuestro alumnado, también debería hacerse con estas cuestiones: hay quienes, por sus circunstancias, tienen unas necesidades diferentes para poder entender el mensaje que se quiere transmitir.